miércoles, 14 de enero de 2026

Mucho ruido, poca inteligencia.




Colaboración de...
Lic. Daniel René Jiménez Cortés

Criminólogo y analista político-criminal especializado en análisis de inteligencia y seguridad.

 Hay ciudades donde la seguridad pública se parece a una “coreografía” bien ensayada: patrullas que van y vienen, operativos con nombres grandilocuentes, conferencias de prensa con mapas de colores y cifras que parecen tranquilizadoras. ─Todo se mueve. Todo se ve activo. Todo aparenta “control” ─.

Y, sin embargo, el problema persiste. Sí, a veces se transforma y otras tantas se adapta. Pero rara vez se reduce de fondo... y nunca, se elimina.

La razón es incómoda, aunque evidente: cuando la seguridad se gestiona sin Inteligencia, el esfuerzo se vuelve reactivo, pero no estratégico. Mucha acción, poca comprensión. Mucho despliegue, escasa anticipación.

Por años se ha confundido e infundido presencia ante efectividad. Se asume que más patrullas equivalen a mayor seguridad, que más retenes significan más control, que más operativos son sinónimo de mejores resultados. Es una lógica visual basada en: lo que se ve, tranquiliza. El problema es que el delito no se impresiona con escenografías. Aprende, observa, interpreta y se ajusta.

La Inteligencia (como sistema de investigación) en cambio, no siempre se ve. No hace ruido. No desfila. Pero piensa, analiza, conecta y anticipa. Su función no es reaccionar al evento consumado, es entender el fenómeno antes de que se manifieste. Cuando está ausente, la seguridad pública queda atrapada en una dinámica circular: ocurre el hecho, se despliega la fuerza, se emite un comunicado… y se espera al siguiente incidente. En un ciclo sin fin.

Aquí aparece la paradoja: las instituciones se mueven más cuanto menos entienden lo que enfrentan y viceversa. Entonces, se multiplican las acciones porque no hay claridad, se intensifica la operación porque falta diagnóstico y se repite la misma receta porque no se evalúa el resultado real (pero sí se muestra en las pantallas).

No se trata de negar la importancia de la fuerza pública. Al contrario, el policía claro que es necesaria, la presencia territorial importa y el orden requiere representatividad. Pero sin Inteligencia, todo eso se convierte en desgaste: Personal cansado, recursos mal orientados, decisiones tomadas por inercia. Mucho trabajo operativo para obtener, en el mejor de los casos, efectos temporales. Y al final… volver a lo mismo.

La inteligencia debería ser el sistema nervioso de la Seguridad Pública. Ya que ésta permite distinguir entre ruido y señal, entre un incidente aislado y un patrón emergente, entre percepción social y riesgo real. Sin ella, se gobierna a ciegas, aunque con muchas luces encendidas.

Y es que, resulta irónico que, en esta época tan obsesionada con los datos, muchas decisiones de seguridad sigan basándose en intuiciones políticas, presiones mediáticas o urgencias coyunturales. Se mide todo, pero se comprende poco. Se acumulan estadísticas, pero no se transforman en conocimiento útil. Se informa mucho, pero se analiza poco.

La consecuencia, entonces, es predecible: se combate el síntoma y no la causa. Se detiene al actor visible, no a la estructura. Se responde al evento, no al proceso. Y cuando el problema reaparece —porque todos sabemos que siempre tiende a reaparecer— se concluye que: “hace falta más de esto y de lo otro (de lo mismo)”.

    La inteligencia, en cambio, introduce una lógica distinta. Obliga a priorizar. A aceptar que no todo puede atenderse al mismo tiempo. A reconocer que algunos riesgos son más relevantes que otros, aunque no ocupen titulares y se esconda en entre las sombras investigativas.  La Inteligencia también incomoda, porque cuestiona decisiones, pide evaluaciones y retroalimentación, exige coherencia entre objetivos y acciones. Y eso no siempre es bien recibido en sistemas acostumbrados a confundir movimiento con impacto.

 Es claro que un sistema de Seguridad Pública con Inteligencia no cumplirá milagros ni resultados instantáneos. Promete algo más valioso: menor improvisación, mayor dirección y decisiones con sentido estratégico. Menos espectáculo y más efectividad. Menos reacción y más anticipación. Y al final los resultados serán reconocidos por quien en realidad importa: El pueblo.

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