Lic. Daniel René Jiménez Cortés
Criminólogo, politólogo e investigador
especializado en inteligencia y seguridad
El desamor como causa de la “locura”.
En la conducta humana, la pérdida de una persona significativa (y de su amor) es un punto de inflexión psicológico, que se proyecta a través de un vacío que altera el equilibrio y rompe con “el todo”.
Desamor es una palabra simple para un proceso complejo, que, si bien no genera “ruido” externo, sí logra un colapso interno, instalándose en la mente y desordenando lo que parecía estable.
Cuando alguien ocupa un lugar central en la vida de otra persona: se comparte tiempo, organiza prioridades, estructura emociones, influye en decisiones, crea proyectos... Su presencia se vuelve una referencia, y cuando ésta desaparece, el sistema pierde orientación obligando a la mente a intentar compensar atrayendo recuerdos, repitiendo conversaciones, reconstruyendo escenas bellas con la esperanza de encontrar una explicación que reduzca el dolor y otorgue sosiego. Es por ello que el desamor en su fase más silenciosa es esa búsqueda desesperada y desesperanzada de sentido.
Posteriormente viene el proceso de fijación, que comienza como un intento legítimo de comprender, mediante un proceso mental que termina por convertirse en un ciclo rumiante. El pensamiento se vuelve recurrente y casi obsesivo, incluso contra sí mismo. Se buscan errores propios, se exageran fallas, se amplifica la culpa y se crean escenas que nunca pasaron y nunca pasarán. Aparece una pregunta constante que no da tregua: ¿por qué te hice tanto mal si lo único que quería era que todo funcionara? buscando en la respuesta una absolución emocional de alguien que ya no está.
Y así mientras la mente interroga, el cuerpo lo resiente; el sueño se altera, la concentración disminuye y se desenfoca, las decisiones pierden firmeza, se empieza a perder el “yo” a través de las despersonalizaciones. Es una erosión progresiva, lenta y desgastante, que después los médicos diagnosticarán como depresión o ansiedad, pero la realidad es que el equilibrio emocional se dañó cuando la identidad que se había entrelazado en exceso con otra persona que ahora ya no existe, al menos en nueva su realidad.
Quizá se obvia que extrañar es un acto de reconocimiento humano que a veces duele admitir. Es casi una confesión silenciosa e incómoda, que constata de manera honesta el impacto de la ausencia. Porque solo se extraña aquello que ocupó un lugar real. Un dolor siempre será proporcional al vínculo.
En ocasiones el desamor también expone ciertas contradicciones. Se desea permanecer cerca, conservar algún tipo de vínculo, no desaparecer por completo del mapa del otro. Pero al mismo tiempo se reconoce que la cercanía puede causar daño: “Quiero estar en tu vida, pero tengo miedo de volver a lastimarle”. Esa tensión interna es agotadora, porque “se ama” y se duda al mismo tiempo. Se quiere cuidar, pero se reconoce que se ha herido.
Cuando ese dolor no se procesa y no se atiende, suele transformarse en distorsión. La mente empieza a interpretar el pasado desde el arrepentimiento constante. Y ahora se idealiza lo que fue, pero se ignora lo que no funcionaba. Se construye una narrativa donde el error es exclusivamente propio, llevando la autocrítica como un castigo. Aquí se ve que el desamor no solo rompió el vínculo y terminó cuestionando la propia identidad y modificando la realidad.
Porque no es precisamente la pérdida la que rasga la cordura, de hecho, es la incapacidad de resignificarla. Cuando todo el sentido de estabilidad dependía de una sola persona, su ausencia deja al descubierto la fragilidad mental y emocional. Es la falta de resiliencia de una identidad que ya no puede sostenerse porque solo tenía un solo puntal y éste colapsó, dejando al descubierto dependencias que antes parecían actos de afecto equilibrado.
El deterioro conductual se va acumulando y se refleja en una tristeza persistente, luego en irritabilidad y aislamiento. La persona comienza a reducir aún más su mundo. Se autoconvence de que nadie entendería lo que siente y se refugia en pensamientos repetitivos que no conducen a ninguna solución, definiendo así la nueva narrativa personal.
Su culpa alimenta el ciclo y revisa decisiones pasadas (como si en realidad pudieran modificarse). Incluso intenta encontrar el momento exacto donde todo cambió -el día en que los demonios llegaron a su mente-. Se fantasea con versiones alternativas de la historia en una “reconstrucción” que no repara nada y solo prolonga el desgaste y el dolor, en un gritoneo interno interminable e insoportable que “poncha” sus emociones.
Y es ahí cuando se quiebra la cordura. Quizá no habrá gritos en la calle, ni se pierda el contacto con la realidad inmediata, pero habrá una distorsión silenciosa incapaz de ver el presente sin el filtro del pasado. Habrá una tendencia a sabotear nuevas oportunidades por miedo a repetir errores en decisiones futuras. Ese vacío no integrado será la nueva identidad.
El desamor también puede ser una lección sobre responsabilidad afectiva. La madurez emocional no es negar el dolor, es en integrarlo sin que destruya la nueva estabilidad. Reconocer que amar no siempre significa permanecer. A veces representa aceptar diversas formas de presencia.
La cordura no se pierde por amar. Se disipa cuando “el amor” se convierte en la única fuente de sentido. El desamor, entonces así visto, no es solo la ruptura de una relación, es la confrontación directa con la propia fragilidad. Sin este reconocimiento la identidad no se reconstruirá sobre la certeza íntima de que algunas personas se van y que extrañarlas es prueba de que existió algo profundo y real.

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