jueves, 5 de febrero de 2026

¿Ustedes creen en los políticos?



¡Buen día, apreciables lectores.! Aquí andamos de regreso en este importante espacio por segunda semana, dentro de este medio de comunicación escrito y ahora también digital, que cada vez llega a más rincones de la región e incluso a diferentes países, a través del blogs informativo de este medio.

Dándole continuidad, su servidor sigue afinando la pluma en el Editorial de Antorcha, y en esta ocasión abordamos un tema que quizá para muchos resulte de interés y para otros no tanto. Hoy, en pleno siglo XXI, cuando la imagen, la credibilidad y la palabra de los políticos están por los suelos, la ciudadanía ya no cree en ellos. Cada vez son más los ciudadanos desencantados de todo lo que tenga que ver con la política, los políticos y los partidos políticos.

Si tomamos como referencia lo que pensaban los filósofos sobre la política años atrás, podemos citar a algunos de ellos.

Aristóteles decía que la política es una extensión de la ética, orientada al bien común y a la felicidad colectiva.

Platón proponía que la política debía estar guiada por el conocimiento y la sabiduría —el famoso “rey-filósofo”—, enfocándose en mejorar moralmente a los ciudadanos.

Tomás de Aquino desarrolló la idea de que la política debía reflejar la ley natural y que un gobernante justo busca el bien común, pudiendo incluso ser derrocado si se convierte en tirano.

Hoy nos encontramos, lamentablemente, ante años de involución. Como si, en lugar de que la política y sus actores hubieran evolucionado de manera positiva en conocimiento, acciones y principios, con el tiempo se hubieran degradado. En la práctica, su visión y acción distan mucho de ser éticamente coherentes y justas. Lejos de fungir como guías morales y ejemplo a seguir para el bien común, pareciera que gobiernan pensando sólo en intereses personales o colectivos, favoreciendo a determinados grupos de poder, como lo vemos actualmente.

Desde una perspectiva moderna y cínica, algunos autores y pensadores describen la política como el arte de gestionar intereses particulares disfrazados de generales, o simplemente como el arte de lo posible. Cuando en esencia, la política debería ser la actividad que regula la convivencia a través de normas y la búsqueda de un propósito compartido.

Así se puede visualizar la política desde épocas anteriores, cuando esta noble acción era privilegiada y se ejercía como un oficio orientado al bien común, incluso a la felicidad colectiva de los ciudadanos, de una manera justa y ética, entendida como un verdadero arte.

Hoy resulta triste y lamentable ver cómo ha decaído esa noble labor. La gran mayoría de los políticos sólo piensa en su propio beneficio; han dejado de lado la verdadera esencia y los propósitos base de la política. No hay ética, criterio, conocimiento, sabiduría, pulcritud, carisma ni honradez. De la moral, mejor ni hablar, porque pareciera que ni siquiera la conocen. Todas esas virtudes que formaban la investidura de un buen político hoy ya no se cultivan ni parecen interesarles a quienes pretenden ejercer esta noble labor.

Posiblemente existan algunos con buenas intenciones que deseen ser buenos políticos, pero lamentablemente esos pocos no llegan, o no los dejan llegar, a encauzar proyectos que verdaderamente favorezcan al grueso de la población. Así les ha sucedido a varios caudillos que han intentado cambiar el rumbo del país y limpiar la mala imagen de la política y sus actores.

Esperamos que el tema de hoy haya sido de su agrado, estimados lectores. De antemano, muchas gracias por llegar hasta estas líneas y por darle lectura al editorial de esta semana.

Nos leemos la próxima.

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